El timing es el momento oportuno, o el más adecuado, para hacer algo. En todos los ámbitos. Puede que una oportunidad o un cambio laboral no lleguen en el momento idóneo; que te despidan cuando ya has pagado a crédito las vacaciones de verano; que tu media naranja aparezca cuando no te apetece una relación seria; o que decidas emprender un proyecto empresarial en los albores de una crisis económica. Incluso es posible que hayas nacido en un tiempo con el que no te sientas identificado: ¡qué mal timing!
En inversiones, hacer market timing consiste en anticipar los movimientos en los mercados financieros y, en función de determinadas perspectivas, establecer los momentos idóneos para entrar (cuando las cotizaciones están baratas) o salir (cuando llegan a máximos). El problema -más allá de los peligros sobre los que advierte la estadística- es que acertar es muy complicado, ya que nadie tiene la bola de cristal y además entran en juego factores fuera de control, como pueden ser noticias o eventos inesperados. Muchas veces la incertidumbre hace de las suyas.
El timing también se ha complicado a la hora de viajar. Controlarlo todo es imposible, aunque lo intentemos. Cada vez que me enfoco en un nuevo destino algo exótico, analizo minuciosamente el clima y las mejores épocas para visitarlo, indispensable si quiero evitar sargazos, monzones o temperaturas gélidas. También, la seguridad y estabilidad política del país en cuestión: no me resulta apetecible verme sorprendida por asaltos o por tiroteos entre cárteles; ni inmersa en un país en guerra, cuyo gobierno esté cometiendo un genocidio o donde haya enfermedades o una disputa presidencial y las calles sean constantes hervideros. Unos precios disparados y un bajo atractivo turístico o paisajístico también me disuaden, claro está, y son factores que intento controlar.
Pero el cambio climático, la fragmentación económica y los conflictos geopolíticos/guerras han dado alas a la incertidumbre, y estamos cada vez más envueltos en su sombra. Sin olvidar los cisnes negros: el economista Nassim Nicholas Taleb popularizó la metáfora para referirnos a eventos inesperados que tienen consecuencias significativas y que son difíciles de prever… como el hantavirus o el covid. A veces se esquivan… y otras veces no.
Objetivo Patagonia
Hace unos meses, en Semana Santa, hice un viaje muy especial: un crucero por la Patagonia que iniciaba ruta en Ushuaia (en los confines australes de Argentina) y terminaba en Punta Arenas (Chile), navegando por el estrecho de Magallanes, entre glaciares, ballenas, cóndores… y muy escasa impronta humana. Pasé algo de frío en el fin del mundo, sí, y vacié mis reservas de Biodramina intentando dormir mientras mi barco, el Ventus Australis, se abría paso con violentos vaivenes a través del fuerte oleaje que suele preceder a las costas del Cabo de Hornos y el que invade el canal Brecknock, coqueteando ya con las aguas del (injustificadamente llamado) Océano Pacífico. Pero esquivé la que podría haber sido una nueva crisis sanitaria: la del hantavirus. Un mes más tarde de mi aventura, los titulares del crucero confinado con el mismo origen me dejaban perpleja, casi resoplando por mi apurado -y afortunado- timing. La situación me hizo recordar mi primera visita a México, en 2009, un mes antes de que estallara la pandemia de gripe A. Dos crisis víricas evitadas por los pelos.
Otras veces no he tenido tanta suerte. El primer viaje que organicé para visitar Perú, a principios de 2020, se topó con la pandemia del covid, y nos obligó a cancelar vuelos y a asumir algunas pérdidas de reservas que nunca recuperamos. Mal timing entonces. En mi reciente segundo intento, me topé con el ruido de una amenazante escasez de combustible, tras el estallido de la guerra entre Estados Unidos e Irán y el cierre del estrecho de Ormuz, pero pude hacer mi trayecto sin incidencias. Pero el momento para Machu Picchu fue terrible: coincidió con días de visitas masivas y accesos cuasi imposibles, lo que nos costó 10 horas de cola y un día de viaje perdido. Eso sí, el timing para tomar un pisco siempre fue propicio.
Tampoco aconsejé muy bien a una amiga periodista a la que, preguntándome sobre un buen destino en Asia, recomendé unas paradisíacas islas en Malasia. Se quedó atrapada en Kuala Lumpur durante casi un mes, a la vuelta, ante la imposibilidad de tomar su vuelo de escala en Oriente Medio. Eran días en los que las bombas iraníes impedían despegues seguros.
Un clima impredecible
El cambio climático también ha hecho de las suyas, acercándome a lugares que sufrieron fuertes inundaciones o a escenarios inimaginables, como las intensas lluvias del pasado enero en Fuerteventura, isla donde casi nunca hay precipitación, y que incluso tiñeron de verde su desértica estampa. Aunque agradezco que mi visita a Hoi An, en Vietnam, fuera una semana antes de las inundaciones de diciembre de 2024.
Otro imprevisto que se cruzó en mi historial viajero fue la muerte del entonces monarca de Camboya, el Rey Padre Sihanouk, a principios de 2013. La pompa de los funerales, el luto y las concurridas calles de Nom Pen, atestadas de personas ofreciendo sus respetos, me impidieron visitar los monumentos clave de una ciudad a la que dediqué un solo día de mi viaje. Next time.
El riesgo y lo inesperado están siempre ahí cuando te mueves, cuando tomas decisiones, cuando viajas, cuando inviertes… cuando vives. Aunque algunas cosas se puedan controlar, siembre hay incertidumbre de por medio. La tengo tatuada (literal, y en forma de interrogación) en mi piel. Y no es necesariamente malo: no hay rentabilidad, satisfacción ni aventuras que contar sin ella. En inversiones, son lentejas: mejor olvidarse del market timing. Como turista, y aunque tengo claro que me veré sorprendida por imprevistos, siempre haré mi travel timing.


