El lunes 28 de abril de 2025, España sufrió un apagón eléctrico que empezó a las 12.32 y duró aproximadamente hasta las 22.30, dependiendo de dónde vivieras. La explicación oficial fue una inestabilidad en la red eléctrica que provocó que España se desconectara del resto de Europa, afectando a Portugal y al Sur de Francia.
Muchas semanas más tarde, tenemos una foto más clara de qué ocurrió, aunque nos falta la historia completa. El diagnóstico oficial sugiere una combinación de fallos técnicos y errores humanos, pero quedan aún inconsistencias y preguntas sin resolver. Las investigaciones siguen en curso, y la cadena de responsabilidades está lejos de estar zanjada.
Pero esta historia no va sobre desvelar las causas de este inolvidable evento, sino de relatar la experiencia de vivirlo, y de poner de manifiesto lo mucho que dependemos de la electricidad cada segundo de nuestras vidas.
El Gran Apagón
Estaba trabajando desde casa en Madrid cuando todo se apagó, a excepción de mi portátil, que seguía funcionando con su batería. Rápidamente me acerqué a la caja de fusibles, sin encontrar ningún automático bajado. Mi mujer acababa de enchufar un esterilizador recién lavado y me preguntó: “¿Ha sido culpa mía?”. Me reí y dije: “¡Ya lo has roto!”.
Entonces salí al rellano de la escalera, descubriendo que no había luz y que no funcionaba el ascensor. Al entrar de nuevo en casa, le dije a mi mujer: “¡No solo has roto la electricidad en casa, sino en todo el edificio!”. Llevado por la curiosidad de saber hasta dónde había afectado el corte eléctrico, bajé a la calle. Un vecino me dijo desde su balcón que él tampoco tenía luz. No era solo nuestro edificio, sino toda la manzana.
En ese momento, recibí un mensaje de WhatsApp de mi prima, que vive en Barcelona, preguntando si estábamos bien. Esto hacía suponer que el impacto del apagón era mayor al que inicialmente había anticipado. Cogí el teléfono para vacilar a mi mujer diciéndole que había causado una crisis nacional con el esterilizador, pero la red móvil estaba caída. Intenté buscar en Internet qué había pasado, pero ninguna página cargaba. WhatsApp estuvo funcionando —de aquella manera— durante una hora, y después, el silencio absoluto.
¿Qué estaba pasando?
Resultó que estábamos viviendo el mayor apagón en la historia de España, y uno de los peores de Europa. Como ingeniero, estaba inicialmente muy emocionado. Mi mujer me decía: “Estás demasiado feliz con lo que está pasando”. Pero no era felicidad, sino la emoción de estar viviendo un momento histórico en tiempo real.
Nuestras casas están plagadas de aparatos eléctricos, y nuestra dependencia de ellos no hace más que crecer. Según la IEA, se espera que la demanda de electricidad se incremente sobre un 3,4% anualmente hasta 2027, conducido por la electrificación del transporte, la climatización y la industria. Se proyectan máximos históricos en el uso de energía residencial a medida que más viviendas adoptan vehículos eléctricos, sistemas de climatización como la aerotermia y dispositivos inteligentes.
Nuestra cocina tiene una vitrocerámica, así que teníamos la certeza de que íbamos a comer frío. Y a pesar de que el agua caliente funciona con gas natural, el propio calentador es eléctrico, así que tampoco teníamos agua caliente.
Según pasaban los minutos, aquella emoción inicial se fue tornando en preocupación. ¿Cuánto iba a tardar en volver la electricidad?. ¿Cuánto tiempo podríamos aguantar sin ella sin que nos afectara gravemente?. Según un estudio de Sweco, la mayoría de las sociedades modernas solo podrían funcionar entre 3 y 7 días sin electricidad antes de que las infraestructuras críticas empezaran a colapsar.
En ese momento mi bebé tenía 3 meses, así que mi primera preocupación fue cómo la falta de electricidad le iba a afectar a él. Como todavía tomaba el pecho de su madre, al menos sabíamos que él sería el único que tendría comida caliente. Pero mi mujer estaba preocupada por la reserva de leche materna del congelador, así que bajamos inmediatamente a comprar hielo, por si acaso.
El supermercado estaba completamente a oscuras. Las cajas registradoras no funcionaban, así que no estaban vendiendo nada. Sin embargo, después de explicar nuestra situación, nos permitieron comprar un par de bolsas de hielo, en efectivo, ya que los lectores de tarjetas y pagos móviles tampoco funcionaban. Según el Banco de España, los españoles llevamos de media 43€ en billetes y 6€ en monedas, pero la gente joven suele llevar menos, o incluso nada. Si estabas acostumbrado a pagar con tarjeta o con el móvil, mala suerte, ya que tampoco podías sacar dinero de los cajeros.
Incomunicados
Obtener información sobre lo que estaba pasando era complicado, a pesar de vivir en la llamada Era de la Información. No podía parar de pensar en los padres con un adolescente en casa incapaz de hacer scroll en la pantalla de su móvil. “Menos mal que mi niño solo tiene 3 meses”, pensé. Las clásicas radios —reliquias de la edad antigua para los más jóvenes— de pronto se convirtieron en el objeto más deseado, como el papel higiénico durante la pandemia por COVID.
No podíamos llamar a nuestros familiares para saber cómo estaban, lo que generaba una creciente ansiedad que llevó a muchos a coger el coche para ir a buscar a sus seres queridos, llenando las carreteras de preocupados conductores. La circulación era un absoluto caos, sin semáforos ni coordinación de ningún tipo, creando un enorme atasco —incluso para la ciudad de Madrid. Al menos, podías sentirte afortunado si tenías suficiente gasolina en el depósito, porque las gasolineras también estaban fuera de servicio. Y ni hablemos de los coches eléctricos.
Pensé en toda la gente que podría haber quedado atrapada en ascensores, trenes, o en el Metro. Incluso las alarmas de emergencia estaban caídas, así que las empresas de ascensores fueron proactivamente a rescatar a la gente.
Los hospitales eran otra gran preocupación. ¿Cuánto tiempo podrían seguir funcionando los generadores de emergencia que mantienen los sistemas de soporte vital?. Como recién estrenado padre, me imaginaba el miedo que debían tener aquellas familias cuyo hijo estuviera en una incubadora. Afortunadamente, los hospitales parecen estar muy bien preparados ante este tipo de emergencias.
Mientras tanto, mucha gente con paneles solares descubrió, para su sorpresa, que sus sistemas estaban completamente apagados. La mayoría de los inversores —un dispositivo que convierte la corriente continua (DC) de los paneles solares en la corriente alterna (AC) que usamos en nuestros hogares— se desconectan automáticamente por seguridad cuando se pierde el suministro. Así que incluso en un día completamente soleado, estaban sin electricidad.
Según pasaba el día, los bazares y tiendas de alimentación que habían permanecido abiertos acumulaban largas colas. Grupos de repartidores de comida a domicilio recorrían ociosamente las calles, disfrutando del sol primaveral. Los parques, plazas, y bares estaban abarrotados como si fuera un día de fiesta. Para mucha gente, su mayor preocupación era si todavía quedaba cerveza fría. Un extraño contraste con los al menos seis fallecidos por causas relacionadas con el apagón.
Al anochecer
Cuando cayó la noche, también lo hizo la preocupación sobre los dueños de negocios que no podían echar el cierre. Sin alarmas, sistemas de seguridad o incluso una forma de cerrar, muchos no tuvieron otra opción más qué permanecer dentro de sus locales, esperando a que la electricidad volviera pronto. Imagina una ciudad completamente a oscuras, y sin ningún tipo de protección.
A la hora de la cena, iluminamos el salón con una lámpara USB conectada a la batería de mi portátil, creando un íntimo ambiente que despertaba la envidia de los vecinos. Para entonces, algunas ciudades cercanas habían recuperado el suministro eléctrico, y había una sensación de cauta tranquilidad. Las baterías de mi teléfono y SmartWatch murieron. Sinceramente, no me importó en absoluto. Con mi bebé ya durmiendo, y toda mi familia a salvo, me abrí una cerveza y me salí a la terraza, a contemplar el vecindario iluminado por la luz de las velas.
Finalmente, sobre las 22.30, recuperamos el suministro eléctrico, seguido de una gran ovación. Habíamos sobrevivido 10 horas sin electricidad, teléfono ni Internet. No todos los servicios se recuperaron inmediatamente, como el servicio telefónico, pero teníamos WhatsApp, televisión, redes sociales, y nuestras vidas normales de nuevo.
Conclusiones
Fue una suerte que este evento ocurriera en un soleado día de primavera, con luz natural hasta las 21.00 y sin necesidad de calefacción, pero la historia habría sido muy diferente si esto hubiera ocurrido en un frío día de invierno.
Muchos de los objetos del kit de emergencia para 72 horas recomendado por la Unión Europea fueron realmente útiles durante el apagón, así que no fue sorpresa que las ventas de esos artículos se dispararan en los posteriores días en Wallapop y Amazon.
La humanidad ha sobrevivido durante milenios sin electricidad, un invento relativamente reciente. Pero nos hemos hecho tan dependientes de ella que no podemos imaginar la vida sin enchufes. En 2027, nuestra dependencia de un suministro eléctrico estable será mayor que nunca. Quizás es momento de plantearnos, como se dice en finanzas, si debemos seguir poniendo todos los huevos en la misma cesta.


